Óscar García Benedí (Valdepeñas, 1952 - Madrid, 1990)
"Sobre los acantilados de mármol",1988.
Acrílico sobre lienzo de 145 x 114 cm. Firmado, titulado y fechado en el ángulo inferior derecho.
Es una pintura impresionante, pintada sólo dos años antes de morir.
Óscar García Benedí fue un gran pintor, un ángel, un niño grande, un cordero rodeado de lobos..., que terminó destruyéndose él mismo y tuvo una muerte muy trágica, pero de artista, como a él le hubiera gustado tener, porque no era un pintor al uso, era un genio de los pinceles cuya obra tiene personalidad propia, denominación de origen, como los buenos vinos de Valdepeñas.
No hay ninguna biografía sobre él y su vida no fue tan tormentosa, dado que él eligió voluntariamente vivir muy intensamente y en el filo de la navaja, como hicieron muchos de aquella generación de "La Movida", que salían disparados de la dictadura franquista a una democracia en libertad. Lo trágico, por llamarlo así, vino en sus últimos años de vida, y comenzó a pintar sobre hule de color negro (sus famosísimos Pianos de Tom Waits en 1987, o su desgarrador retrato de María Callas llorando, también del '87).
Este cuadro de Benedí es un homenaje explícito a la novela Sobre los acantilados de mármol, famosa novela de Ernst Jünger de 1939. De hecho, la obra de Jünger era una de las lecturas de culto más devoradas y comentadas dentro de las corrientes intelectuales y la vanguardia figurativa madrileña de los años 80, escena de la que Óscar formaba parte activa.
Benedí pintó este cuadro en 1988, apenas dos años antes de su trágica y temprana muerte. En esta etapa de madurez, su pintura dialogaba de forma constante con los grandes mitos del arte. Al situar a un "hombre de espaldas mirando un acantilado", Benedí hace un doble juego:
Y es que, si el cuadro de Friedrich transmitía espiritualidad, bruma y una comunión religiosa con Dios a través del paisaje, el cuadro de Óscar Benedí propone algo radicalmente distinto a través de su técnica. Su estilo se enmarca en la "nueva renovación figurativa" española. Utiliza pinceladas gestuales, vigorosas y una fuerza expresionista donde la figura humana y la piedra del acantilado se mezclan. El "mar" que contempla su personaje ya no es de nubes frías, sino un reflejo existencial, más introspectivo, áspero y propio de los cuestionamientos del final del siglo XX.
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