Los comienzos del inmenso Phil Spector con un trio high school con chica por medio. Sonido primario sin paredes que lo amplifiquen o reverberen. Canciones sencillas, algunas simplonas, demasiado azucaradas, para el arrullo cheek to cheek entre colegiales en sus fiestas de graduación. No se intuía aún la genial megalomania que iba a elevarlo a la categoría de Orson Welles del pop moderno. Y, sin embargo, conocerlo desde su bisoñez es amarlo.