Neoyorquina de nacimiento, su origen hispano -cubano y español- la marcó culturalmente, por lo que Mercedes de Acosta se mantuvo en equilibrio entre la urbanidad efervescente del Nueva York de la alta sociedad y la nostalgia cálida de sus reminiscencias latinas. Todo ello la condujo a beberse a sorbos su deseo.
Las múltiples relaciones que mantuvo con algunas de las estrellas más importantes del siglo XX, cuyos nombres bastan para evocarlas -Garbo, Marlene, Isadora-, resultan muestra de su poderoso hechizo, pues supo conquistar a las hechiceras mayores. Su propia evolución personal, al ser educada como varón y luego decidir su expresión de género confesadamente andrógina, la adelantan a su modernidad porque, insistimos, el único camino que anduvo fue su libertad.
La poesía de Mercedes de Acosta es clara y directa, su discurso es un grito en la ventana de un rascacielos. La escritora observa el mundo que gira frenéticamente y donde la fuga sigue siendo el ansia, y la esperanza es la noche que comienza con un Martini entre los labios. No se escabulle de sus sentimientos, no ignora la fuerza poderosa de los ojos que la miran y la escudriñan, esos ojos que se preguntan a quién tienen enfrente. Tampoco ignora las desgracias e injusticias que conviven en la urbe, y denuncia, señala, se compadece.
Mercedes de Acosta nos llega ahora, que todo vuelve a cuestionarse cuando ya desbordamos con creces la era de la ciencia ficción, para brindar por su mirada desprejuiciada, su guiño simpático y su soledad íntima. Porque todos volvemos a casa para desprendernos de otras pieles y quedarnos a solas con nuestra ventana, ese rectángulo desde el que observamos el mundo, y lo odiamos, lo amamos, lo compartimos.
Al leer a Mercedes de Acosta logramos ponerle voz a su leyenda y descubrir a la intelectual que abrazó a los mitos, que escribió para el teatro de su tiempo, que desenmascaró la hipocresía de sus coetáneos en sus memorias tituladas Here Lies the Heart -rogamos su traducción al español-, que exigió el derecho al voto de las mujeres y que nunca vio dormir a la Gran Manzana porque, como ella, rodeada de todos, siempre fue imposeída.
Colección Torremozas
Tapa rústica
179 páginas