Introducción
La actualidad del mito siempre ha estado en entredicho: por definición, el mito no es de hoy. Solo parece actual el mito falaz, sinónimo de mentira, el único que no es mito. El mito, en el reducido marco de nuestros límites temporales, es eterno; por eso precisamente, sin ser de hoy, es siempre actual.
Si nos propusieran contar un mito de nuestro acervo popular, al instante caeríamos en la cuenta de su ligereza narrativa; el mito se mueve en un terreno relativamente exiguo: uno o varios personajes, una situación contradictoria, un obstáculo, una solución, las más de las veces trágica… poco más. Esta sencillez argumental del mito contrasta con su densidad antropológica: sorprende que una historia esquelética contenga la energía de una bomba. El relato mítico es como el vagón de una montaña rusa: su máxima energía potencial gravitacional, en la parte alta del recorrido, se va transformando a medida que desciende en energía cinética, cuya potencia propulsa de nuevo el coche hacia arriba: si la ingeniería, el andamiaje y los materiales son de calidad, la fricción de las ruedas por los rieles es casi insignificante, el carro sube y baja sin cesar en un recorrido suave por momentos y por momentos alocado. Así ocurre con el mito, lento en ocasiones, acelerado las más, y siempre vertiginoso, porque el visitante de la feria roza y avizora la caída infinita: la densidad antropológica se ha transformado en divina. La razón de esta energía explosiva radica en la carga trascendente de la situación contradictoria, y de esto no nos percatamos al contar un mito de nuestro acervo popular.
Por eso siempre conviene preguntarse: ¿dónde está el mito? Unos dirían que en el trazado ideado por el constructor de la montaña, en el relato. Otros abogarían por el turista que va montado. Otros, incluso, apuntarían a la tensión de una imaginación múltiple. ¿El mito está en las aventuras de Ulises, en Ulises mismo, en su imaginación, en la de Homero, en la del lector en su sillón? La respuesta parece fácil. Se complica en obras contemporáneas, como la película Salammbô (Sergio Grieco 1960), basada en la novela homónima de Flaubert. ¿Dónde está el mito, si no se ve, según aseguraba la tradición, el velo de la diosa Tanit caer del cielo, si la hija de Amílcar Barca adopta rasgos más propios de princesa seductora que de sacerdotisa inmaculada?
Quiero decir: ¿dónde está el mito?, ¿en la sustancia o en la morfología del relato?, ¿en la imaginación del autor, del personaje o del espectador? ¿Dónde está el mito para la mujer moderna y contemporánea, para el hombre de hoy, cuando la técnica de la ciencia empírica pretende haber suprimido todo atisbo de trascendencia? El problema no es menor, toda vez que sepamos distinguir el mito de otro tipo de relatos, particularmente los de la fantasía (los cuentos de Grimm, El hombre de arena de Hoffmann) y los de la ciencia ficción (Julio Verne, H. G. Wells); dificultad que se agranda si consideramos que muchos relatos fantásticos y de ciencia ficción (antimíticos por esencia) contienen auténticos mitos (Frankenstein de Mary Shelley).
Al lector del volumen le incumbe dar con la respuesta.
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El artículo “Un mito para los niños de hoy: el viaje de Dante en la Divina Comedia”, firmado por Rosa Affatato, no pretende analizar, de forma pormenorizada, temas, arquetipos ni mitos que aparecen en las adaptaciones del egregio poema; deshoja varias ediciones actuales con objeto de entresacar la función pedagógica del relato. El mito aquí emerge en los personajes míticos (Virgilio, Caronte…), más aún en el esquema tradicional del viaje de ida y vuelta, es decir, de descenso y ascenso al infierno y al paraíso respectivamente: la catábasis y la anábasis más allá de los límites ordinarios de nuestro mundo.
“Jean Cocteau o el Poeta de Tracia del siglo xx” recorre la célebre trilogía: La sangre de un poeta (1930), Orfeo (1950) y El testamento de Orfeo (1960). Gran conocedora del autor, Antonella Lipscomb no se limita a referir el contenido de estas tres películas, sino que acomete la fusión de dos mitos (Orfeo y el ave Fénix) en uno solo, el mito del Poeta. Este último, y su hermano mayor ―el mito del Artista― han sufrido tal abuso que se han convertido en un auténtico cajón de sastre donde caben poetas malditos, pintores drogadictos, escultores pederastas… Nada de eso aparece aquí: gracias a la fenixología, teoría de Cocteau sobre la creación artística, Orfeo renace de sus cenizas, revive en su obra. De tal modo que el Poeta resultante no es un simple modelador del lenguaje, es el medium que hace posible el viaje interminable entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos.
“Mosaico de mitos: Macunaíma” se centra en la interacción de mitos griegos, africanos y brasileños. Es de agradecer que su artículo resuma, en buena medida, la historia de este personaje poco conocido en los estudios occidentales de mitología. También que acometa este relato con la ayuda de Campbell, cuyos esquemas vienen a corroborar el carácter simultáneamente heroico y antiheroico del protagonista. Los orígenes de leyenda y la superación de algunas pruebas contrastan con sus errores y su final. Pero el lector debe ir más allá de este reduccionismo argumental; como bien argumenta Cláudia Malheiros, la combinación de sus éxitos y sus fracasos debe ser leída como una metáfora del carácter brasileño, donde confluyen tres almas, africana, europea y autóctona. Brasil, en la novela de Mário de Andrade, solo puede ser entendido como un caleidoscopio de mitos yuxtapuestos.
“L’Été de Albert Camus. Una lectura mitocrítica” horada el sustrato de una redacción mítica con intención de extraer un mensaje antimítico. Camus no cree en el mito, ni en la trascendencia, pero recurre al relato mítico, consciente de su aptitud para transmitir con mayor efectividad contenidos éticos de primera importancia. En su lectura en paralelo con Noces, Adrián Menéndez de la Cuesta realza el poder de los mitos para vehicular valores transhistóricos: el pensamiento del absurdo antimarxista, aplicado a la aventura de Teseo en el laberinto, conduce a la rebelión contra el ennui existencial.
“Cíborg: el mito posthumano” es un artículo osado: Ana Gallinal concluye afirmando que “las máquinas tienen espíritu”. Esta aseveración, rayana a la antítesis, se esclarece tras leer interesantes páginas sobre los medios y remedios que la inteligencia humana desarrolla para superar los límites del cuerpo. En un coloquio sobre Mito e inmortalidad (U. Complutense, 2014), llegamos a una conclusión paradójica: el hombre, desasosegado al saberse abocado a la muerte, ya no sueña en la pervivencia sin término. El posthumanismo ofrece una salida (más o menos real, pero imprescindible a medida que avanza la tecnología), y esta propuesta incluye una interrogación sobre la identidad (o la ausencia de identidad) de individuos cuyos cuerpos no son sus cuerpos. No hay mito aquí: falta el relato, pero el artículo ilustra sobre un mitema fundamental: la búsqueda (consciente o inconsciente) por sobrepasar la composición humana de cuerpo y espíritu establecida por los dioses.
“La mitologización de la patria en la numismática europea desde la entrada del euro”, escrito por Carmen Gómez García y Elena Blanch, aborda la relación de los mitos nacionales con el mito europeo. El enfoque mitológico aquí adoptado, tributario de Barthes, invita a la reflexión sobre el carácter mítico de la patria. Las autoras “leen” los mitos a través de los motivos y símbolos nacionales representados en las monedas de euros: una montaña, una pintura, un escritor o una columna truncada señalan, de manera “metonímica”, un mito que identifica a los individuos con un mismo sentir patrio. Más importante aún me parece la juiciosa advertencia que las autoras hacen sobre una contradicción latente: la predominancia ―en una moneda que pretende cohesionar un continente― de las identidades nacionales sobre la identidad multinacional. La razón de esta desproporción, que impide una Europa realmente comunitaria, es un eco de relatos mitológicos: Εὐρώπη no será ella misma hasta que levante la vista, sus anchurosos ojos, como revela su etimología.
“Mito, orden y transgresión: la gráfica del animal humanizado” es un artículo muy original que versa sobre una costumbre tan habitual como ancestral. Es una paradoja; insertado en un mundo reacio a su dominio, el hombre recurre a la sistematización de todo lo que le rodea, tanto desde el punto de vista espiritual como material, ordena todo lo que se encuentra. Pero esta tendencia innata se enfrenta con otra, también congénita: la tendencia a desordenar todo. Entre los recursos del desorden se encuentra el humor, instrumento insustituible para abordar y destapar la falsedad de lo “serio”. El humor se lo puede permitir porque es, esencialmente, un sistema aparentemente inocuo. Las reflexiones que Manuel Álvarez Junco establece entre esta inocencia aparente y la representación de los animales sugieren nuevas interpretaciones de los caminos por los que hoy día discurre el dibujo cómico.
“Jardines mitológicos y literarios en Homero y otros testimonios modernos” presenta dos facetas: los jardines míticos y el mito en los jardines. La primera conduce a lugares extraordinarios, fértiles, hermosos, hasta el punto de invitar al erotismo divino o semidivino; aunque algunos son traicioneros, como Mercedes Aguirre avisa en La hija de Rappaccini, de Nathaniel Hawthorne. La segunda faceta resulta de los personajes que pueblan los jardines: basta una ninfa o un fauno para cambiar su significado. El trío de estatuas de Polifemo, Acis y Galatea del Jardín de Luxemburgo en París comprime en su bronce y mármol el salvajismo y amor de un mito memorable. El Jardín del Tarot en la Toscana, creación de Niki de Saint Phalle, reproduce a través de sus figuras los arcanos de un jardín paradisíaco.
“Los mundos del mito” es un artículo que adolece de atemporalidad: trata menos de los “mitos de hoy” que de la necesidad de saber si, ante cada relato o creación artística, estamos ante un mito. De ahí que proporcione pautas hermenéuticas para resolver las preguntas propuestas en los primeros párrafos de esta introducción. Frente a la mistificación y la trivialización del mito, compete fundamentar una epistemología del mito sobre sólidas bases antropológicas, exentas de la ganga de un idealismo subjetivo (Schelling), de una gnoseológica trascendental (Sartre) y de un nominalismo creativo (Barthes). Solo así el mito renace con juventud perenne.
José Manuel Losada
Madrid, 3 de febrero de 2016