El ocaso de los dioses nazis

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Garriga, Ramón: El ocaso de los dioses nazis, Madrid, 1945, Atlas, Rústica, 332 pág, 20x14

Cuando, en agosto de 1939, llegué a Berlín, el nacionalsocialismo estaba en todo su apogeo. El momento era definido por los nazis con esta orgulloso frase: «Hoy dominamos la nación; mañana, el mundo será nuestro.»

Seis años más tarde, al abandonar Berlín definitivamente, en plena agonía del nacionalsocialismo, resonaba en mis oídos la última consigna de Goebbels: «Luchamos con la espalda contra la pared, con la sola esperanza de seguir viviendo entre los escombros dé; Berlín.»

Entre aquella frase y esta consigna se desarrolla una de las mayores tragedias que ha conocido un gran pueblo. Como si fueran dioses legendarios, creyeron Hít-ler y sus principales colaboradores poder transformar el mundo a su placer, de acuerdo con sus sueños y ambiciones. La empresa, intentada ya en múltiples ocasiones desde que el mundo es mundo, acabó en fracaso, y el pueblo alemán ha sido condenado a purgar terribles culpas, ya que los vencedores no quieren que los alemanes puedan desencadenar nunca más otra catástrofe universal.

Pretender explicar lo que ha ocurrido en estos seis años últimos no es una labor nada fácil. Se necesitarán que pasen unos cuantos años antes de que se pueda dar una interpretación razonable. En ese plazo es posible que se conozcan una serie de documentos secretos, indispensables para el historiador, y que se obtenga la necesaria perspectiva para ver las cosas con más claridad.

El historiador no puede intervenir todavía para hacer el balance de estos años críticos. Está reservado ai periodista el exponer lo que ha visto y describir lo que ha sido la terrible tragedia. El periodista ha tenido que trabajar de una manera muy especial en Berlín. Las autoridades de Prensa del Reich obligaban a los representantes de la Prensa extranjera a reflejar exclusivamente el punto de visia oficial, comunicado en las varias conferencias de Prensa que diariamente se celebraban en la Wilheimstrasse; quien faltaba a las normas impuestas por el doctor Goebbeis, se veía incomunicado con su redacción por espacio de una o vanas semanas, según la importancia de la falta, o bien era expulsado del Reich si se le acusaba de haber perjudicado a la política alemana.

El periodista extranjero en Berlín ha visto cómo se reducía cada día más el campo de su actividad, a medida que crecían ios reveses. Por eso, cada vez era menor ei rendimiento de los cronistas berlineses. Unos corresponsales abandonaron Berlín para ocupar puestos más brillantes. En mi caso personal, los dos años y medio últimos han sido de silencio; dediqué toda mi labor a atender el servicio de Prensa de la Embajada de España en Berlín. En este puesto he tenido facilidades que no poseían oíros periodistas, y he podido seguir muy de cerca los acontecimientos que ocurrían en el Reich nacionalsocialista.

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Da 01/01/2002
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