Vale, ya sabe todo el mundo que amo a Lucinda pero voy a tratar de valorar su nuevo y gran esfuerzo en su justa medida, en una posición más distante, controlando los nervios, cosa harto difícil tratándose de ella.
Haber tenido los ovarios de sacar un disco doble es algo que me parece muy valiente por su parte porque se lo ha dejado a huevo a la aves de rapiña de la prensa musical ( «pretenciosa», «aburrida», «vieja madurita», «mejor hacer un disco de los dos» y demás topicazos, algo parecido han dicho en la Rolling Stone española *, ventilándote en unos miserables párrafos todo este esfuerzo, sin aprovecharlos y sin aparecer la portada original en la reseña)*Me ha sorprendido que su autor sea el gran Fernando Navarro del blog del País, La Ruta Norteaméricana, un amigo ¿ya lo habrás escuchado como merece Fernando?;el hecho de que no aparezca ni la portada original me huele a precipitación porque no te pega nada cargarte semejante tratado de blues y country-soul moderno. Pero bueno, la contestación de para gustos colores es evidente, sin embargo, me da curiosidad los temas que considera medianias, la verdad.
Pero también el que sea doble, se lo hace difícil y hermoso a los valientes e incluso a sus fans incondicionales.Hay que ver lo que recompensa subir tan alta montaña, qué bonita es la vista desde arriba y qué bien sabe el bocadillo.
Tenemos que ser comedidos porque 20 canciones son muchas y la historía de los dobles ilustres del rock and roll ( quizás los mejores cuando dan en la diana) es bien escasa, por lo menos en cuanto a configurar un discurso coherente completo o incoherente pero genial.
Uno no esperaba esto, ni mucho menos. Me refiero a que tras tu encantadora primera época (el homónimo es impresionante y Sweet Old World también), llegó su momento Blonde on Blonde (así llamaron en la etiqueta al Car Wheels On A Gravel Road), luego esa otra POM – apreciacion personal- acerca del desamor y el sur, es decir, su Blood On The Tracks ( el ya exiliado Essence) y de ahí , a un disco también soberbio como es el infravalorado World Without Tears(con sus seis primeras canciones realmente extraordinarias) para pasar a acomodarse en algo mucho más previsible, con momentos muy inspirados pero como se dice en inglés americano, not on a roll.
Valoro cosas del West (me gusta parte de su tono), no vuelvo demasiado a Little Honey y disfruté mucho de Blessed pero ahora, incluso Blessed palidece cuando sale a relucir de nuevo su rabía y rock and roll como pasa en Down Where The Spirit Meets The Bone y además, se junta en el estudio con los músicos adecuados.
Lo más curioso de todo es que su disco en directo, mi favorito, el Live At The Fillmore me parece básico, uno de los mejores live que tengo y que he escuchado; es ahí , sin domesticar, donde me encuentro con su fado salvaje y empiezo a sudar con mi querida Lu.
Lo primero que destaca de éste DWTSMTB, de título tan largo como su minutaje, es un detalle que no se me puede pasar. Esta colección ha nacido para escucharla en el formato negro, redondo y con agujero: se debe asimilar por etapas (en ello estamos), sin nervios, por caras y si son 6 , como es el caso (en vinilo es triple), mejor que mejor.
Y asi voy a tratar de analizarlo, si bien debo confesar con caracter previo que tenemos una composición 70% algodón (es decir, Lucinda en crudo, la que mola mucho) y un 30 % acrílico , de ese piñón fijo al que se había abonado desde el West y que le había vuelto un poco en la sombra de lo que fue. Pero , sobre todo, lo más reconfortante es que su voz está totalmente enchufada todo el tiempo y es un primor escucharla hasta balbucear pese a ese manierismo sureño tan suyo inevitable.
Estamos otra vez más, ante la influencia del disco maestro que más ha marcado a la generación post-sixties de songwriters que han llegado a los 50 o 60 años en fechas cercanas al cambio de siglo, el Time Out Of Mind de His Bobness. Ahí se marcó la senda de la arruga bella, de cómo envejecer en un estudio ofreciendo algo diferente a la tradición de la música popular americana, recuperar ecos y profundidades John Fordianas. Daniel Lanois tuvo el todo que ver.