Siempre fueron legión pero, quizá debido a la dichosa capa de ozono o a la crisis general, su número va creciendo día a dia. La sociedad lleva siglos mofándose de ellos, y los pobrecitos han ido aquantando el chaparrón. «Ellos» son los calvos, ciudadanos de tercera en cuanto a estética se refiere, que arruinan su salud y su bolsillo en el uso y abuso de los más exóticos crecepelos, preparados hormonales y variopintos peluquines que poco o nada hacen para devolverles el cabello y la dignidad perdida. Pero, pensándolo mejor, ¿acaso una frente ultradespejada no es signo de inteligencia?, ¿acaso no salta a la vista la sensualidad tentadora de un cráneo desnudo? ¿Por qué, pues, hay que soportar la calvicie como si de un estigma se tratara? Ahora, por fin, ha llegado la hora de la revancha: los calvos pueden sacudirse el yugo y acometer su revolución porque cuentan ya con el apoyo de Juanjo Ibáñez, un líder armado de humor y capaz de llevarles a la victoria. «Soy calvo... ¿y qué?» es más que un título: es una consigna para luchar contra la tiranía capilar con una sonrisa en los labios.