Ella nace en una isla que soñó con construir el paraíso, pero ese sueño se convierte en una pesadilla de frustración y penurias. Patria, la protagonista, lleva ese nombre porque nació el año en que triunfó la Revolución Cubana, y representa a toda una generación que creció creyendo en un ideal de justicia que nunca se materializó. Atrapada en un entorno de vacío moral y material, decide cambiar su nombre por Yocandra y refugiarse en la escritura como única vía de escape. Con un humor corrosivo e ironía afilada, escribe sobre lo cotidiano, lo banal, lo pasado y lo presente, rebelándose contra la impotencia que la consume y buscando en las palabras una forma de venganza, de comprensión y de esperanza tenue. Yocandra se debate entre dos figuras masculinas que simbolizan los extremos de su realidad: El Traidor, representante de la corrupción burocrática, y El Nihilista, un artista marginado por el régimen. En ese laberinto de relaciones y recuerdos, la escritura se convierte en su salvavidas, el fuego que mantiene viva su existencia. A través de su voz, la novela traza un retrato descarnado de Cuba, un país que se entregó a la ilusión de una vida mejor y acabó aplastado por la dimensión de su propio sueño.